Homilía del Cardenal Pietro Parolin en las ordenaciones sacerdotales 2016 (Español)

Homilía del Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado de la Santa Sede

Ordenación sacerdotal de 36 legionarios de Cristo

San Juan de Letrán. 10 de diciembre de 2016

Traducción no oficial del texto original en italiano 

 

Queridos hermanos y hermanas:

El camino que ha conducido hasta aquí hoy a estos ordenandos, provenientes de diversos países, tiene un único origen: el hecho de ser buscadores de Dios, de haberse dejado seducir por Él, como decía el profeta Jeremías: «¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido!» (Jer 20,7); el hecho de haberse dejado alcanzar por Cristo Jesús, como el apóstol Pablo (cf. Flp 3,12); el hecho de haber querido poner a Cristo en el primer lugar de sus vidas, como san Benito exhortaba en su regla: «Nihil amori Christi praeponere (No anteponer nada al amor de Cristo)» (IV, 21).

Estamos agradecidos con el Señor que los ha llamado y también con quienes los han ayudado a llegar hasta este paso: sus familiares y las comunidades parroquiales de donde provienen, y el Instituto religioso de los Legionarios de Cristo, particularmente los formadores.

Me es grato recordarlos a todos ustedes y manifestar mi saludo y agradecimiento también a los presentes: los obispos, los sacerdotes, los religiosos y los fieles que, con su presencia, contribuyen a que nuestra celebración sea solemne y gozosa.

Queridos ordenandos, ustedes son consagrados al Señor para ser misioneros del Evangelio entre la gente. Es el Espíritu Santo quien, por medio de la imposición de las manos y por la unción, los habilita para el servicio como ministros del Señor en medio del pueblo de Dios, para que todo creyente pueda encontrar a Cristo a través del anuncio de la Palabra que salva, a través de la celebración de los Sacramentos (que son los signos eficaces de su presencia, que nos transforman y nos santifican), y a través de aquella caridad pastoral que debe animar cada instante de sus vidas, como escribía san Juan Pablo II en Pastore Dabo Vobis: «El principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero en cuanto configurado con Cristo Cabeza y Pastor es la caridad pastoral… aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y en su servicio. No es sólo aquello que hacemos, sino la donación de nosotros mismos lo que muestra el amor de Cristo por su grey» (n. 23).

Las palabras con las cuales el profeta Isaías manifiesta la conciencia de su misión adquieren ahora un particular sentido para ustedes: «El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido» (Is 61,1), es lo que hemos escuchado en la primera lectura. El verdadero protagonista de la acción que estamos realizando es el Espíritu Santo del Señor que dentro de poco los consagrará con una unción íntima e inefable para que se conviertan en instrumentos vivos del único Pastor, para que puedan participar, en modo singular, del sacerdocio de Cristo, y actuar en su nombre. Es Dios quien los consagra con su unción, es Dios quien los envía «a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar un año de gracia del Señor» (Is 61,1-2), a ser signo transparente de su amor fiel y misericordioso que nunca se cansa de buscar a cada hijo suyo, que nunca se rinde frente a la indiferencia y a la cerrazón de los corazones extraviados y confundidos.

En la segunda lectura, tomada de la Carta a los Hebreos, hemos escuchado: «El Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y puesto para intervenir en favor de los hombres en todo aquello que se refiere al servicio de Dios» (Hb 5,1). El autor sagrado subraya la común naturaleza del sacerdote y de los demás hombres, acentuando la finalidad de su misión: él está al servicio de los demás y debe, por tanto, donarse completamente a los hermanos. Y todo esto desde una perspectiva fundamentalmente espiritual y sobrenatural: este donarse debe llevarse a cabo en el ámbito de lo «religioso».

Queridos ordenandos, su vida no será un rechazo o una evasión con respecto al mundo, sino una encarnación serena en la historia para que quienes se encuentren con ustedes vivan la dimensión religiosa, es decir, la relación con Dios que está a la raíz de la existencia humana. En esta acción apostólica es necesario, sin embargo, huir de la mentalidad del mundo.

Como bien sabemos, éste es un peligro frente al cual siempre nos pone en guardia el papa Francisco, que habla de la «mundanidad espiritual» como del «riesgo más grave que corre la Iglesia», más aún, una «catástrofe para la Iglesia». En 1953, en su libro Meditaciones sobre la Iglesia, el Card. Henri de Lubac, jesuita, anticipaba ya el tema de la mundanidad espiritual definiéndolo como «el peligro más grande para la Iglesia –para nosotros que somos Iglesia–, la tentación más pérfida, aquella que siempre renace, insidiosamente, cuando todas las demás tentaciones han sido vencidas, alimentada incluso por estas victorias».

Por esto Jesús, como nos ha recordado el evangelio, no ha orado por el mundo, sino por sus discípulos, para que el Padre los defendiera del maligno y para que fueran libres y distintos del mundo, aunque vivieran en el mundo (cf. Jn 17,9.15). En aquel momento, al finalizar la Última Cena, Jesús elevó al Padre la oración de consagración por los apóstoles y por todos los sacerdotes de todos los tiempos cuando dijo: «Conságralos en la verdad» (Jn, 17,17). Y añadió: «Por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad» (Jn 17,19).

Llegar a ser sacerdote, en la Iglesia, significa entrar en esta donación de sí mismo de Cristo, mediante el Sacramento del Orden, y entrar plenamente. Jesús dio la vida por todos, pero en modo particular se consagró por aquellos que el Padre le había dado para que fueran consagrados en la verdad, es decir, en Él, y para que pudieran predicar y actuar en su nombre, representarlo, prolongar sus gestos salvíficos: partir el Pan de la vida y perdonar los pecados. Así, el Buen Pastor ofreció su vida por todas las ovejas, pero la donó y la dona, de modo especial, a aquellos que Él mismo, con amor de predilección, llamó a seguirlo por el camino del ministerio pastoral.

Celebrando la Eucaristía son ayudados por la gracia del Espíritu Santo a experimentar el gozo de ser amados por Cristo. Que sus vidas sean, por tanto, conformadas a Cristo sacerdote, misionero del Padre. El Señor, en efecto, los ha elegido y amado para llevarlos a ofrecer sus vidas a Él y a los hermanos. Su ordenación los pone frente a tantos hermanos y hermanas que ya pertenecen a la comunidad eclesial o que se encuentran en la búsqueda sincera de Dios, con la persuasión de llevarles la luz de Cristo, la noticia de que Él ha venido a buscarnos a nosotros mediante gestos de una generosidad sin igual, con una delicadeza de amor incomparable. Les deseo que muestren a todos aquella humildad y sencillez que Cristo vivió para conquistar nuestra confianza y salvarnos.

La Virgen María que cantó en su oración la grandeza de la humildad, les haga humildes y agradecidos como lo supo ser Ella, de modo que lleguen a ser, cada vez más, colaboradores de ese  manifestarse del amor y de la verdad que, como luz atrayente, han venido al mundo en la humildad de su Hijo.

Que los santos, cuya devoción está particularmente viva en sus respectivos países, los acompañen. Pedimos a ellos su intercesión para que el Espíritu Santo, que ha sido derramado con abundancia sobre ustedes, redunde en beneficio de toda la familia de los Legionarios de Cristo, para que cada uno sea fiel al propio llamado y al propio ministerio. Que toda la Congregación continúe caminando generosamente y con valentía por la vía de la renovación y de la autenticidad evangélica, siguiendo las líneas trazadas gracias al acompañamiento de la Santa Sede, para mayor gloria de Dios, para el servicio de la Iglesia y para la salvación del mundo. Así sea.

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